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Los candidatos y su majestad, las encuestas

Gabriel Torres Espinoza

Las encuestas son valiosas como insumo para tomar decisiones. Son un ejercicio de investigación que arroja resultados estadísticos cada vez más recurridos por los gobiernos, partidos y políticos. No obstante, hoy en día también se usan para convencer a los partidos de designar candidatos o para convencer a algunos candidatos de que no son los más aptos para competir. Cuando los estudios deliberadamente no son bien elaborados y se publican, tratan de inducir el voto al propiciar un efecto arrastre a favor de un candidato que se presenta como futuro ganador.

Todas las encuestas tienen margen de error, sencillamente porque no son un censo. Al leer los resultados de los estudios de aproximación estadística, es indispensable considerar que las encuestas son falibles, pues dependen de que la muestra sea confiable. Incluso, cuando los puntos porcentuales que favorecen a un candidato son inferiores al porcentaje de error de la encuesta, es difícil asumir quién tuvo las preferencias del electorado.

Las encuestas no son estudios de prospectiva, ni predicen victorias o derrotas. En todo caso, cuando diversas encuestas que evalúan el mismo asunto son comparadas a través del tiempo, puede concluirse que se registra una tendencia que puede ser ascendente o descendente, nada más. Tal vez esta es la conclusión más útil y estadísticamente aproximada que se puede sacar de las encuestas, analizadas en perspectiva de tiempo.

El nuevo artilugio que algunos encuentran para tratar de inducir el voto, sorprender a incautos y hacerse publicidad, reside en mandar elaborar encuestas y buscar que éstas se publiquen o circulen por las redes sociales con fines de propaganda. Encuestas elaboradas con fines publicitarios, generalmente de metodología y resultados de muy dudoso rigor estadístico. Además, hay encuestas de todos los precios y para todos los gustos. El instrumento es muy valioso, pero frente a la guerra de cifras en que se han convertido las campañas que formalmente aún no inician, bien harían los partidos y candidatos en concentrarse en interactuar con sus electores, más que en debatir cifras de las que cada vez tenemos menos certeza. Las elecciones se ganan con votos, no con encuestas. Muchos casos demuestran que no siempre quienes ganan encuestas, ganan elecciones. Ninguna encuesta puede sustituir la complejidad y características propias de una contienda democrática. Así que no hay que quemarles incienso, ni rendirle culto a las encuestas. Éstas son, apenas, una simple aproximación estadística del pasado inmediato.