El lado no cómico de Trujillo
Tras bambalinasHugo Hernández
Foto: Clasos
Conocí a Víctor Trujillo actuando en La muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo, allá en los años 80 en un pequeño teatro de la UNAM. Lo volví a encontrar en los programas de TV tienda y trastienda y La caravana, a los que siguieron muchos otros que lo consolidaron como el estupendo actor cómico que es.
Sin embargo, pese a su éxito televisivo, nunca se ha alejado del teatro, y ahí están las temporadas de ¡Ay Cuauhtémoc no te rajes!, El dedo del señor y Los fantástikos, como pruebas de ello.
Más recientemente pudimos verlo en Los lobos, donde daba vida a un personaje oscuro, traicionero y ruin, que permitió al público recordar que es, antes que nada, un gran actor.
Verlo hoy en la obra Rojo es una demostración irrefutable de ello.
Original de John Logan, Rojo cuenta un par de años en la vida de Mark Rothko, un artista iracundo, tajante, contundente, que descarga su enojo contra su joven asistente, en una extraña relación de dominación y poder que muestra paradójicamente su genialidad e irracionalidad.
Víctor está estupendo y para estarlo requiere de una réplica a la altura, que le da con mucha, con gran solvencia, el joven Alfonso Dosal.
Un aplauso al trabajo cuidadoso y bien desarrollado de Lorena Maza, quien en la dirección de escena vuelve a dar muestras de su talento que hemos venido siguiendo desde Las mujeres sabias y Los enemigos; y a esto hay que agregar el diseño minucioso y exacto de Jorge Ballina con una escenografía y una iluminación, perfectos.
Bravo por Rojo, una puesta en escena que no se debe perder.









