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PAN: una falla estructural

Ramón Cota Meza

La revista Letras Libres de mayo publica un balance histórico del PAN: ocho textos de diverso enfoque y extensión que intentan alimentar la discusión sobre el futuro de este partido. En mi breve colaboración dije: “El fracaso del panismo histórico puede verse de muchas maneras. Una de ellas es la indiferencia de la dirigencia nacional hacia los pequeños comités municipales. Francisco I. Madero no cometió ese error.” Aprovecho la oportunidad para precisar la idea.

Como se recuerda, el PAN experimentó una revuelta interna en la renovación de la dirigencia nacional en 2005, después del registro de los aspirantes a la candidatura presidencial. Ocurrió que ninguno de los 49 nuevos dirigentes del CEN era conocido en la política nacional. De Manuel Espino, el nuevo presidente, circulaban rumores sin fundamento, pese a su larga trayectoria como líder en Durango, Chihuahua y Sonora. Espino ganó sin apoyo de ninguno de los líderes nacionales, incluyendo al presidente Fox.

Intrigado por la inédita situación y buscando información de los nuevos dirigentes, consulté el estudio más autorizado sobre el PAN hasta ese momento (El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994, Soledad Loaeza, 1999) y sólo encontré dos nombres. El estudio era parte del problema centralista que deseaba conocer. Los nuevos dirigentes se autodesignaron “panistas de mochila al hombro” para diferenciarse de las “grandes figuras” y de la “pasarela de vanidades”, como la revista oficial La Nación llamó a los aspirantes presidenciales.

La razón de la victoria de los comités estatales fue el método de elección: asignar más puestos a los comités que hubieran obtenido el mayor número de puestos de elección popular y tuvieran más militantes. Lo cual es justo y necesario, pero su consecuencia fue inesperada porque los dirigentes nacionales, aquellos que habían negociado la transición a la democracia, se creían con poder para imponer a sus hombres. Se descubrió así una enorme fractura entre los comités estatales y la élite formada en la transición de los años noventa.

La fractura se prolonga con el PAN en el gobierno federal. Ser secretario de estado no garantiza simpatías locales para ser candidato a gobernador. El ex secretario de salud, José Ángel Córdova, perdió la nominación a la gubernatura de Guanajuato por 24 puntos frente al aspirante local Miguel Ángel Márquez. El débil entusiasmo panista por la campaña electoral de Vázquez Mota parece surgir de la desconfianza hacia una panista de “última hora”. La expulsión de Manuel Espino por presión del presidente Calderón parece obedecer a algo más que antipatías personales.

Sobre los orígenes, composición, perfil y funcionamiento de los comités locales y estatales del PAN, así como sobre el desempeño de sus gobiernos, hay poca información reunida y sistemática. No la tiene ni el propio partido. Por lo menos hasta 1995, el PAN no tenía un archivo de informes de labores municipales panistas, pese a que había gobernado ya cientos de alcaldías. La revista La Nación casi no informa sobre los comités y gobiernos locales panistas. Esta negligencia parece tener causas profundas.

Mi hipótesis es que la separación entre el liderato nacional y los comités estatales y locales del PAN es histórica: inherente a la naturaleza y fines del partido, que tal separación se amplió en la transición a la democracia de los noventa por el surgimiento y consolidación de una élite panista negociadora con el gobierno federal, y que doce años de gobiernos federales panistas la han profundizado todavía más.

Los líderes nacionales panistas visitan a sus huestes locales “cada venida del señor obispo”. El escaso contacto arraiga en los fines originales del partido: una larga marcha fundada en la convicción democrática, más que en estrategias, tácticas y resultados evaluables. La comunicación estrecha sale sobrando y sólo hay contactos convencionales para tomarse la medida unos a otros. Sólo el PAN tiene el requisito de “refrendo de la militancia”.

Otro rasgo es el apego de los militantes a los asuntos locales; los logros del gobierno federal son apreciados en la medida en que favorecen a la comunidad propia, lo cual debilita el objetivo de tener una visión nacional, no digamos global. El militante panista típico es hombre de familia, así que estar fuera de casa mucho tiempo no le agrada. Los funcionarios federales panistas salen zumbando los días viernes a mediodía a sus lugares de origen y adoran los puentes y fines de semana largos.

Está muy bien que haya un partido conservador arraigado a la comunidad local. El PAN no arraiga en la ciudad de México porque aquí lo local se torna inasible o inmanejable. Si pierde la presidencia de la república no sentiría gran pérdida, pero algunos militantes podrían aprovechar la experiencia para reflexionar sobre las características y fines del partido. Acaso militantes muy jóvenes arraigados a su comunidad, pero globales en su visión del mundo, podrían dar un nuevo rostro al partido.

Twitter: @cota_meza