Razón no le falta, a López Obrador, cuando evoca su “república amorosa”. Es cierto que el mensaje tiene ya sus añitos encima: Jesucristo, en oposición al Dios sanguinario y cruel del Antiguo Testamento, para empezar, y muy seguramente horrorizado por las atrocidades e impiedades de su época, en segundo lugar, hizo de la compasión el fundamento de su doctrina. De esto ha más de dos mil años. No nos queda todavía muy claro cómo fue que sus seguidores, con posterioridad, utilizaron sus preceptos para quemar a seres humanos en la hoguera. Lo que sí es evidente es que la crueldad de los hombres no necesita de demasiados pretextos para brotar en todo momento y en todo lugar. La Historia, con mayúscula, no es casi otra cosa que un recuento interminable de masacres, brutalidades, exterminios y violencias. Ahora mismo, en estos precisos momentos, en un rincón de Siria bombardeado por las fuerzas del sátrapa Al-Assad, los heridos no pueden ser siquiera evacuados y los militares que sitian Homs, a lo mejor, lograron ya también mejorar la puntería y destruir alguno de los hospitales de campaña de la organización Médecins Sans Frontières, entre otros grupos conformados por individuos que uno podría, sin lugar a dudas, calificar de santos modernos.
O sea, que hay un déficit evidente de amor, buenos sentimientos y misericordia en el mundo. El problema, en el caso de nuestro precandidato, es el del emisario: no sólo importa el mensaje sino que cuenta también el mensajero. Se agradece, de cualquier manera, la intención o, más bien, se debería de agradecer porque a mucha gente, agraviada por esto o por lo otro, le gusta que su delegado formule las cosas más fieramente y con mayores bríos. El Obrador de antes, en este sentido, era un personaje mucho más pintoresco y llamativo. Pero es cierto también que se le pasó la mano y que al respetable no le gustó que aparecieran chachalacas en la tribuna. En fin, cuestión de estilos y matices. Hoy, en plan amoroso, se encuentra estancado en el tercer lugar. Miren ustedes…
