Un grupo de amigos gay comentábamos la posibilidad de crear un lugar donde vivir el resto de nuestra vida, camino a la vejez; en parejas, o solos, pero con la idea de convivir cuando ya no existe energía para el relajo o el trabajo. Un espacio con servicio médico, atención alimentaria y actividades recreativas y culturales. Vivir la soledad acompañada; la ancianidad no es un problema si se afronta a tiempo.
Lo pensamos cuando no había matrimonio gay ni derecho de adopción, pero la idea sigue siendo válida: se sabe de heterosexuales que recurren al asilo para albergar a un familiar porque no hay forma de atenderlo, pero no existen estadísticas nacionales de viejos gay y su situación socioeconómica, especialmente en las clases sociales más bajas. Sin embargo, si hurgáramos un poco en los censos de población descubriríamos una tragedia humana de proporciones mayores que entre las familias heterosexuales.
Todo esto lo recuerdo al leer la aparición de la primera clínica de salud para ancianos gay en Nueva York (MILENIO, 3 de marzo). Envejecer con “buena salud, seguridad financiera y el apoyo de la comunidad”. Un acuerdo entre las autoridades neoyorquinas y organizaciones gay. Un deseo de amigos hecho realidad en el país más avanzado en la defensa de sus derechos humanos. Un servicio para quienes son de escasos recursos. Un sueño, todavía, en México.
Un propósito inaplazable para organizaciones gay que dicen defender la diversidad sexual. Incorporar el tema en la agenda política de los que quieren ganar las elecciones presidenciales de 2012 puede ser un aviso de modernidad en un país que requiere de más y mejor ejercicio civil. No basta con las declaraciones de respeto a estas comunidades; hay que hacer justicia contra toda discriminación. Ofrecer una esperanza a esos ancianos a los que nadie ha volteado a dar una mano.
Sí, porque la discriminación a las minorías sexuales —como se denuncia a ocho columnas en El Universal del 3 de marzo— jamás podrá superarse si el Estado y la sociedad no intervienen con decisiones que cambien la lamentable situación de sus derechos humanos.
No estábamos mal: nuestra visión, nuestro proyecto de amigos hoy es una realidad… en Nueva York. Romper las ilusiones es postergar los compromisos, pero leer estas noticias nos despierta otra vez el sueño que pareciera imposible. La vejez es impostergable.
